POEMAS DE JUAN L. ORTIZ
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Juan L. Ortiz



FUI AL RÍO... Fui al río, y lo sentía cerca de mí, enfrente de mí. Las ramas tenían voces que no llegaban hasta mí. La corriente decía cosas que no entendía. Me angustiaba casi. Quería comprenderlo, sentir qué decía el cielo vago y pálido en él con sus primeras sílabas alargadas, pero no podía. Regresaba -¿Era yo el que regresaba?- en la angustia vaga de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas. De pronto sentí el río en mí, corría en mí con sus orillas trémulas de señas, con sus hondos reflejos apenas estrellados. Corría el río en mí con sus ramajes. Era yo un río en el anochecer, y suspiraban en mí los árboles, y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. Me atravesaba un río, me atravesaba un río! ELLA... Ella anuda hilos entre los hombres y lleva de aquí para allá la mariposa profunda -ala del paisaje y del alma de un país, con su polen... Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume... a su pesar, muchas veces, como bajo un destino. Testimonio involuntario, ella, de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas, en que la circunstancia da su hálito. .. Pero se dirige siempre a un testigo invisible, jugando naturalmente con la tierra y el ángel, el infinito a su lado y el presente en el confín... Mas es el don absoluto, y la ternura, ella que es también el término supremo y la última esencia con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y los latidos para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación, el traspaso del ser, "como se da una flor", en el nivel de los niños, más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma... Y no busca nunca, no, ella... espera, espera toda desnuda, con la lámpara en la mano, en el centro mismo de la noche... AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS... Ah, mis amigos, habláis de rimas y habláis finamente de los crecimientos libres... en la seda fantástica os dan las hadas de los leños con sus suplicios de tísicas sobresaltadas de alas... Pero habéis pensado que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida, desnudo casi bajo las agujas del cielo? Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división", despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus juegos con el pan que él amasa y que debe recibir a veces en un insulto de piedra? Habéis pensado, mis amigos, que es una red de sangre la que os salva del vacío, en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire, de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio, a no ser una escritura de vidrio? Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra, y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto... Y sé que a veces halláis la melodía más difícil que duerme en aquellos que mueren de silencio, corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento... Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía igual que en un capullo... No olvidéis que la poesía, si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva, es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin, cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor... DEJA LAS LETRAS... Deja las letras y deja la ciudad... Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire... Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas en la azucena del azul... Yo quiero ser, amigo, uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal... o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume... No estás tú también un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad? Sigue, sigue, por entre la bencina, sobre la lisa pesadilla de las calles extremas, hacia la gracia de las huellas... Ay, la ternura de Octubre, a las nueve, ya hace, por aquí, flotar a la pesadilla en celeste de agua... Pero derivemos rápido, del lado de los caminos del rocío, invisible, casi, lo adivino, en el seno mismo de la luz... Sentémonos, mi amigo, entre estas niñas rubias que suben y bajan, altas, por unas orillas de jardín, apoyadas, contra los cercos, sobre un rumor de enredaderas... El sol ha bebido sus propias perlas y hay apenas de ellas una memoria por secarse... No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas... Viste alguna vez la melodía de los brillos? La viste ondular, todavía de gasa, desde tus pies al cielo, sobre el río? Oh, la misma ciudad, a lo lejos, es una música blanca con unos silencios amatistas... Y ahora, ahora, torna la vista alrededor... Saluda como un aura a estas humildes gracias de miel, capaces, sin embargo, de atraer hacia sí a las abejas todas del día y de volver de margaritas a la melancolía más flotante... No las sientes curvarse bajo un amor transparente en un hálito de alas? O es sólo la cortesía más misteriosa entre esa que inclina, alternadamente, a los otros finos tallos, ante algo que al parecer es la respiración de un dios? Saluda, también, a sus vecinas menos subidas y más pálidas: qué delicadísimo sueño de amapolillas más pálidas, sobre un rastreo de tases, serpentino? Y a las apenas malvas, medio escondidas entre las espiguitas: pétalos de alba, a su pesar, con sus secretos amarillos... Y a las apenas níveas, por bordadas, del país de Liliput, pero que visten, igual que a una novia, a toda la gramilla... Y ah, a las más sin nombre que se van con los alambres libres en una fuga preciosa de piedritas... Y al trébol de allí, loco de verde, y miniado de sol, increíblemente miniado de sol en primores casi íntimos pero que extenúan a la brisa... Y a las verbenillas, por cierto, de aquí: oh, la más dulce sangre labrada por los misterios para los misterios de las hierbas.. . Y a estos emblemas de llama, perdidos de los trigos mas que blasonan, del mismo modo, todo el aire... Y a esos recuerdos de la luna, aparecidos de seda, ay, en una vigilia de espejo que se busca, a su vez, en su infinito todavía... Pero no olvidemos, mi amigo, a las esbeltas criaturas que arden el azul, allá, delante no se sabe qué sacramento etéreo: no olvidemos, mi amigo, a las criaturas de los cardos... Ni olvidemos a aquéllas que ya parecen abisales con su "pasión" de cielo sobre el susurro trepador: rêveries de qué abismo hacia otro abismo las de mburucuyá? Y no habremos comprendido, es cierto, a todas. .. Cómo abrazar, mi amigo, a estas miríadas del beso que van estrellando, se diría, todos los minutos con todos los pétalos y todos los fuegos del suspiro? Y si nos corriéramos hasta el arroyito del otro lado de la loma? Allí, lo veo, las redes hondas sin bautizo con su penumbra colgada y su casi vía láctea de jazmines sobre una huida de vidrios, poco menos que nocturna, con las navecillas de cita. .. Y los laberintos de los taludes, aún con su sin fin de pequeñísimas miradas en los iris más inéditos, dando no sé qué números de no sé qué otra noche o qué mareo de gemas entre unos miedos de crepúsculo... Mas no oyes al silencio, ahora, mi amigo? Qué ave de diamante, di, sobre la línea del sueño, se deshace dulcemente? O qué llamado para el sacrificio, di de campanillas de humo? Oh, todo dorado de misivas sobre las alas del azar es el mismo amor que no teme perderse como la propia gracia ya, libre, sobre su propio cielo de corolas... Y no oyes en este momento, di, al silencio o al amor más allá de las lianas que tejiera para vencer su abismo, asumiendo justamente la muerte con los modos de un espíritu? Sí, en los amantes invisibles está asimismo la otra flor o el otro lado de esa flor, llama, serena llama, que viviría de su sombra... Dónde, entonces, aquí, nuestras debilidades hechas dioses? Aquí, lo que llamamos "horror", o lo que llamamos "amenaza", sonriendo desde la semilla, se diría, o equilibrando a las mariposas, si quieres, con un frío que nos duele, es cierto, en lo uno de la sangre... Pero aquí también enfrentando a lo innombrable, algo como los honores de un ángel... Mas es en nosotros, mi amigo, que la agonía es dividida, terriblemente dividida, y expedida a la ventura... Y aquella música blanca con unos silencios de jacarandaes? Allí y aquí, a la vez, la condena "de la rueda", desde las madres del río y desde las madres de las zanjas... Y aquí, ay, asimismo, lo que vinimos a buscar.. Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer? Hay que perder a veces "la ciudad" y hay que perder a veces "las letras" para reencontrarlas sobre el vértigo, más puras en las relaciones de los orígenes... O más ligeras, si prefieres, como en ese domingo y en esa fantasía que serán... Hay que perder los vestidos y hay que perder la misma identidad para que el poema, deseablemente anónimo, siga a la florecilla que no firma, no, su perfección en la armonía que la excede... O para ser el arpa de Lungmen eligiendo ella sola los temas de su música, lejos de los tañedores que se cantan a sí mismos o que no oyen con los suyos a los recuerdos de las ramas ni lo que dice el viento... ni menos ven lo que el viento, por ahí, pone de pie. .. Y aquí, además, las rimas entre los escalofríos de las briznas, con los hilos temblando, siempre más allá de nuestra luz.. Y el rostro de Ella no escrito, oh, recién nacido, con unos signos por hallar y que serán, oh amigo, los que han de llevarte hasta su esencia como las mismas, las mismas letras de tu alma... Pero la viste a Ella, amaneciendo aquí, Ella, de la espuma de las matas, Venus de las colinas. Ella, sobre un flujo de jardín, virgen profunda ésta toda aún de cabellos? SI, MI AMIGA... Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo a pesar de esas llamas dulces contra junio… Estamos bien… sí… Miro una danzarina en su martirio, es cierto, con los locos brazos, ay, negando la ceniza y el crepúsculo íntimo… Estamos bien… Cummings que se va, muy pálido, al país que nunca ha recorrido, mientras Debussy enciende el suyo, submarino… Estamos bien… Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia que trae más agudamente aún la noche para las preguntas que se han tendido como ramas a lo largo de la pesadilla de la luz, con la vara que sabes y la arpillera que sabes, en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música… Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen… Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego, cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío? ELLA IBA DE PANA AZUL (música de Claudio Alsuyet) Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella. La mañana pesaba ya dulcemente. ¿De qué color la sombrillas contra el amor de Octubre? Entre las manzanillas ella iba. Entre la nieve ardiente ella iba. ¿En qué ligerísima penumbra sus labios florecían? (Oh, sin la penumbra, toda la abeja del aire, toda, sobre sus labios...). Entre las manzanillas ella iba. La voz, la voz de niña, algo indecisa aún, con pudor, con cierto pudor, de los pétalos ebrios... Esa edad de Jacinto, ay, y ese aire... Entre las manzanillas ella iba toda de pana azul, de un azul más grave que el del Domingo, azul, porque ya era el destino de ojos a veces bajos o turbados... mi destino. Mi destino... Y yo a su lado, qué? Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella. PARA QUE LOS HOMBRES Para que los hombres no tengan vergüenza de la belleza de las flores, para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo por penetrar el mundo, con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños, o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento, para que podamos mirar y tocar sin pudor las flores, sí, todas las flores y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada, para que las cosas no sean mercancías, y se abra como una flor toda la nobleza del hombre: iremos todos hasta nuestro extremo límite, nos perderemos en la hora del don con la sonrisa anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra. TODOS AQUI Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego. Fuego sólo? No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos? La pasión de la luz antigua abriéndose en flores encendidas para mirarse en el espejo humano. El corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa, alzaos hasta el fuego armonioso como hasta la sangre del éxtasis para que todos seáis como simientes ardiendo para las cosechas sucesivas de la luz común que encenderá hasta la sombra y la estrellará como un jardín. OH, ALLA MIRARIAS Oh, allá mirarías con un noviembre de jacarandaes… sí, sí. Pero, amigo, si no habrá, del otro lado, domingos de niñas… ni menos en lo ido lilas de prometidas… O mirarías con un infinito de islas y otra vez morirías, sin morir en unas como ultra-islas? Mas amigo, qué otro infinito, allá, podría repetirme y aun desdecirme en el juego con un confín que no sería confín? O entonces con lo que restase de río en el estuario que dicen? Qué tiempo, amigo, qué tiempo, por Dios, para los tiempos en lo que a ellos los ahogara… todavía? Ni con un junco, así? Dónde los juncos, niño mío, en un inconcebible de orillas? Un sentimiento, pues, soñado por el no, el no, sin límites? O un crecimiento, allá, en un modo de existencia y no de vida? O donde nada, por tanto, sería, de la negación misma, una manera de fermentación hacia el sí de unas espumas de jardín… o hacia ése que las ramas y las hojas, póstumamente, habrían perdido pero en un ir sin fin… : espíritus, entonces, por momentos, de unas azucenas a la deriva… Mas, qué allí… qué de los ojos de violeta, y de los ojos de verdín, y de los ojos de los narcisos, y de esos ojos que les transfiguran, en iris de la eternidad, sus minutos, mas desde las arenillas de aquí? EL JACARANDA Está por florecer el jacarandá… amigo… Es cierto que está por florecer… lo has acaso sentido? Pero dónde ese anhelo de morado, dónde, podrías decírmelo? En realidad se le insinúa en no se sabe qué de las ramillas… Cómo, si no, esa sobre-presencia, o casi, que aún de lo invisible, obsede, se aseguraría, el centro de la media tarde misma, sobre qué olvido? llamando desde el sueño o poco menos, todavía, cuando un rosa en aparecido, lo cala, indiferentemente, y lo libra, lo libra a su limbo. DIOS SE DESNUDA EN LA LLUVIA... Dios se desnuda en la lluvia como una caricia innumerable. Cantan los pájaros entre la lluvia. Las plantas bailan de alegría mojada. La tierra como una hembra se disuelve en los dedos penetrantes con una palidez de mil ojos desmayados. Camino bajo la lluvia, todo mojado, cantando, hacia mirajes que huyen en un rumoroso sueño. Lluvia, lluvia! Desnudez del dios primaveral, que baja danzando, danzando, a fecundar la amada toda abierta de espera, quebrada ya de ardor amarillo y largo.